Primer acto
Amanece. El sol apenas asoma encima del horizonte y la isla de Sacrificios se recorta a contraluz. La luz rebota sobre las olas tranquilas y termina pegándome directo en la cara.
Cierro los ojos.
Hay cosas que obligan a apagar todo por dentro nomás para poder sentirlas completas. Como ciertos abrazos. Como algunos besos dados sin prisa. Como el mar cuando parece que quiere decir algo y luego se arrepiente.
Suspiro.
Y aquí estamos.
Yo aquí. Tú ahí, leyendo.
Sin demasiada ceremonia. Con ganas de soltar ciertas cosas antes de que empiecen a pudrirse adentro. Porque tragarse las palabras provoca una clase de indigestión que el alma no perdona tan fácil.
Supongo que este es el primer trazo de un cuaderno que apenas comienza.
Algunas cosas terminarán pareciéndose a canciones. Otras se quedarán nomás como fragmentos, humo o conversaciones conmigo mismo a deshoras.
Y quizá está bien así.
Me presentaría formalmente, pero sospecho que uno termina conociéndose mejor entre líneas.
Además… tenemos tiempo.
Hagámoslo despacio.