Negro
Asómate un momento, ven. Dijo el del la voz calmada que, de entre todas las voces con las que habito, es la más serena. ¿Qué ves? Me preguntó. Nada… oscuridad… Mira bien, dijo serenamente y yo ajusté la mirada haciendo un esfuerzo por mirar mejor. Y sí, veía oscuridad, pero comencé a ver que era negra absolutamente. Había un degradado que corría del negro intenso al azul oscuro. ¡Qué raro! pensé. No me había fijado que había algo más que el negro oscuro y silencioso de la derrota y el cansancio. Me volvió a preguntar, en ese mismo tono de voz, tan de él :¿Qué ves? y yo, queriendo responderle porque siempre me ha gustado agradar, sabía que la pregunta buscaba una respuesta más profunda. Así que miré de nuevo. Vi el azul oscuro fundirse con el negro sin poder determinar donde acababa uno y comenzaba el otro. Vi que el azul se hacia más claro conforme se alejaba del fondo. Vi que el aire que me faltaba allá abajo, desde aquí, era abundante. Suspiré hondo. Y cuando traes tanto cansancio y soledad y tristeza, cualquier bostezo provoca que una o dos lágrimas corran a los ojos, y busquen salir por ellos, resbalarse por las mejillas, tocar la barbilla. Libres. Recuerda esto, me dijo, con la misma calma y voz serena. Recuerda todo esto, lo que estás viendo ahora, lo nuevo. Lo que no habías podido percibir antes. Sé justo en tu autorelato, se fiel a la verdad. No, no ves una oscuridad profunda y absoluta que te rodea, ni tampoco sientes la ausencia de aire. Eso no es real. Lo has visto con tus propios ojos. Yo no miré por ti. Yo no te dije qué debías ver ni sentir. Puso su mano en mi hombro y me acercó a él amorosamente. ¿Qué hago ahora? pregunté. Nada, me dijo. Tu vida está en tus manos. Tus pensamientos están en tus manos, tu realidad está en tus manos. Yo no te pido que hagas nada y tampoco haré nada por ti. Ahí me quedé, viendo esa mezcla de colores que parecía hacerse más clara con cada lágrima que abandonaba mis ojos. Me quedé solo. Esa voz, ya no estaba. Pero siempre está. No sé cómo explicarlo mejor. Estaba yo, de niño y de adulto, todo al mismo tiempo, todo ocurriendo en el mismo instante. Sin tiempo. De pronto pude ver consistencia en eso. Una línea narrativa que era coherente. Lo sabía, lo sabía bien: no terminaba en tragedia. Y por primera vez, el final dejó de ser lo importante.